
El Caracazo y el 3E: el mismo pueblo, dos momentos cruciales
Redacción1989 fue un año bisagra en la historia política contemporánea. Mientras el muro de Berlín se derrumbaba y con él buena parte del andamiaje que sostenía el socialismo del Este, el mundo contemplaba el colapso de un modelo y la imposición acelerada de otro. La pérdida de influencia soviética desató guerras secesionistas y movimientos independentistas en las ex repúblicas —Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Yugoslavia— y abrió paso, desde Washington, a una nueva doctrina económica y militar que no tardaría en mostrar sus dientes.
Esa doctrina fue el neoliberalismo, cuya expresión programática se conoció como el Consenso de Washington: un paquete de diez recomendaciones formulado ese mismo año por el economista John Williamson para los países latinoamericanos en crisis. Disciplina fiscal, privatizaciones, liberalización comercial, desregulación: el recetario del FMI y el Banco Mundial que prometía crecimiento a través del mercado libre. En el plano militar, Estados Unidos abandonó formalmente la Doctrina de Seguridad Nacional y adoptó la estrategia de los «conflictos de baja intensidad», delineada en los encuentros de Santa Fe I (1982) y Santa Fe II (1988). La lógica era la misma —los ejércitos nacionales como instrumentos de orden interno—, pero sin los costos políticos de los golpes clásicos. La invasión de Panamá y el secuestro del presidente Noriega ese mismo 1989 fue la primera demostración práctica del nuevo manual.
Paradójicamente, mientras se proclamaba el fin de la historia y de las ideologías, América Latina mostraba otra cosa: la izquierda ganaba por primera vez en Montevideo, el apartheid en Sudáfrica comenzaba a desmoronarse, la dictadura de Pinochet entraba en su fase terminal, Centroamérica seguía siendo un volcán. Y en Venezuela estalló el Caracazo.
El estallido del 27 de febrero
El 27 de febrero de 1989, las protestas comenzaron en Guarenas cuando los usuarios del transporte público conocieron el aumento abrupto de las tarifas, consecuencia directa del programa de ajustes económicos impuesto por el gobierno de Carlos Andrés Pérez durante su segunda presidencia, conocido popularmente como «el paquetazo» o «el gran viraje». En horas, lo que empezó como una protesta por el precio del pasaje se extendió a Caracas, Valencia y Maracay, y adquirió el carácter de una insurrección popular que se prolongó hasta el 8 de marzo.

Las medidas del «paquetazo» incluían la liberación del control de precios, privatizaciones y el alza de combustibles: la traducción en carne viva del Consenso de Washington sobre los sectores más vulnerables. Pérez había prometido paliar la crisis acumulada desde la caída de los precios del petróleo en los años setenta, pero sus promesas ya llegaban condicionadas por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. El pueblo lo sabía, o lo intuyó con la claridad de quien paga la cuenta.
El comandante Hugo Chávez sintetizó el significado de aquellos días con una precisión que ningún análisis académico ha superado: «Mientras caía el Muro de Berlín se levantaba el pueblo de Caracas. Mientras el mundo comenzaba a aceptar, callado e impotente, la tesis de la única alternativa posible —el neoliberalismo—, miles y miles de venezolanos se fueron a las calles a protestar, precisamente contra ese paquete de medidas. Aquella rebelión popular fue una rebelión contra esa tesis que comenzaba a envolver al mundo».


El gobierno respondió con estado de emergencia y fuerzas militares en las calles. La represión dejó, según organizaciones de derechos humanos, cerca de tres mil muertos; el gobierno de Pérez reconoció apenas 276. Se documentaron ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas con total impunidad. Esa brutalidad fracturó de manera irreparable la relación entre el Estado y la sociedad venezolana, y sepultó la legitimidad del bipartidismo conocido como puntofijismo.
El germen de la Revolución Bolivariana
Los movimientos revolucionarios latinoamericanos tenían un antecedente grabado a fuego: el Cordobazo de 1969. Cuando obreros y estudiantes argentinos se tomaron la ciudad de Córdoba durante tres días —bajo una dictadura que aplicaba un modelo económico diseñado para la oligarquía—, demostraron algo que los manuales no enseñaban: que un pueblo organizado puede controlar su propio territorio.

Aquella insurrección, la más vasta de su tipo hasta entonces, no solo tumbó al general Onganía; pasó a los textos teóricos de la izquierda continental como el arquetipo de lo posible, como el momento en que la historia cambia de dirección desde abajo. En ese linaje de rebeliones populares, el Caracazo fue el capítulo venezolano, con su propia geografía y su propio estallido.
«Si hubiera que buscar una fecha de nacimiento de la Revolución Bolivariana, habría que buscarla en las calles de Caracas, de Guarenas y luego de Venezuela, el 27 y 28 de febrero», decía Chávez. Tres años después, el 4 de febrero de 1992, el levantamiento cívico-militar que él encabezaba encontraba en el Caracazo su antecedente directo: «funcionó como un disparador de lo que habría de ocurrir en estas mismas calles, en esta misma Caracas, debajo de este mismo cielo». Una segunda rebelión siguió el 27 de noviembre de 1992, con participación de civiles y militares —entre ellos Hernán Grüber Odremán, Francisco Visconti Osorio y Luis Reyes Reyes—. Chávez cumplía prisión, pero la respaldó sin dudar.
El ciclo se cerró por la vía institucional cuando el presidente Rafael Caldera sobreseyó su caso en 1994. Restituido en sus derechos políticos, Chávez ganó las elecciones de 1998 y comenzó el camino formal de la Revolución Bolivariana. La raíz, sin embargo, seguía siendo aquella insurrección de febrero del 89: el momento en que el pueblo venezolano le dijo no al neoliberalismo antes de que el mundo supiera cómo llamarlo.
El 3E: resistencia bolivariana frente a un Caracazo al revés
Durante 28 años, la Revolución Bolivariana resistió golpes de Estado, guarimbas, ataques terroristas, sanciones económicas y presiones externas de distinta naturaleza. Pero la ofensiva que culminó el 3 de enero de 2026 —el 3E— representó una escalada sin precedentes: el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y de la primera combatiente Cilia Flores, los bombardeos sobre Venezuela y un saldo trágico de cerca de cien personas asesinadas.

La estrategia de la extrema derecha venezolana, articulada con la administración de Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio, apuntaba a reproducir las condiciones del colapso: una sociedad paralizada, un Estado desbordado, un pueblo sin conducción. Buscaban, en términos históricos, un Caracazo al revés: que fuera la propia base popular bolivariana la que se fracturara bajo el peso de la agresión. Cometieron el mismo error que sus antecesores: subestimaron lo que 28 años de revolución construyeron en la conciencia de un pueblo.
La respuesta fue la inversa. La mayoría del espectro político venezolano convergió ante lo que se percibió, sin distinciones partidarias, como un ataque contra toda la venezolanidad —del mismo modo en que la represión del 89 había unificado el rechazo popular contra Pérez—. En ese marco, el gobierno avanzó en reformas de consenso como la ley de Hidrocarburos y adoptó medidas legislativas orientadas a la convivencia política, incluida la liberación de algunos presos involucrados en atentados contra el orden constitucional.


El mismo pueblo que se levantó contra el neoliberalismo en febrero del 89 —cuya rebelión fue el germen de la revolución— es el que hoy sostiene el proceso bolivariano frente a la agresión externa. Ese hilo continuo, esa memoria activa, es lo que convierte al Caracazo y al 3E en dos momentos de una sola historia.
Chávez lo anticipó a 21 años del Caracazo, con la calma de quien conoce a su pueblo: «uno se ríe cuando oye a algunos sesudos analistas de la contrarrevolución repetir que hoy están dadas las condiciones para un nuevo Caracazo. En 21 años hemos tomado un rumbo, y el pueblo venezolano sabe que tiene un gobierno que le pertenece, un proyecto que está construyendo y un presidente que jamás va a permitir que la burguesía dispare su odio contra los pechos desnudos del heroico pueblo venezolano. Más nunca jamás ocurrirá aquello».
No ocurrió. El 3E no fue el Caracazo al revés que esperaban. Esa es su nueva derrota.
Autor: teleSUR: Ricardo Pose -


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