Pero la verdadera pregunta -señala Barbey- es cómo surge la inteligencia del funcionamiento del cerebro; es decir, cómo las diferentes redes cerebrales se comunican y procesan la información conjuntamente".
Según esta teoría, denominada Neurociencia de Redes, la inteligencia no reside en una capacidad específica, sino que refleja un modelo en el que muchas capacidades cognitivas están interrelacionadas y depende de la eficiencia con la que se coordinan las redes cerebrales.
La teoría se basa en el análisis de las capacidades cognitivas de 831 adultos, cuyos datos se encuentran archivados en el Proyecto Conectoma Humano, además de un grupo de 145 adultos del estudio Insight, financiado por el Proyecto Sharp, con sede en Estados Unidos.
Al combinar datos sobre la estructura y la función cerebral, los investigadores lograron reconstruir la organización cerebral a gran escala.
A la luz de este nuevo marco, la inteligencia depende de cómo las redes cerebrales se coordinan y reorganizan para abordar diferentes tareas.
"Encontramos evidencia de coordinación a nivel de sistema en el cerebro, que es robusta y adaptable", observa Wilcox.
"En este marco -agrega- el cerebro se modela como una red cuyo comportamiento está limitado por propiedades globales como la eficiencia, la flexibilidad y la integración, que no están ligadas a tareas individuales ni a redes cerebrales, sino que son características del sistema en su conjunto: configuran cada operación cognitiva sin ser reducibles a ninguna de ellas".
Esta nueva perspectiva también promete ser prometedora para la investigación en inteligencia artificial.
"Muchos sistemas de IA pueden realizar tareas específicas con gran éxito, pero aún les cuesta aplicar sus conocimientos a diferentes situaciones.
En cambio, la inteligencia humana se define por esta flexibilidad, que refleja la organización única del cerebro humano", concluye Barbey.












