
El vestuario de San Martín terminó de fracturarse. En medio de una campaña irregular en la Primera Nacional que mantiene al equipo lejos de los puestos de Reducido, el club oficializó la marginación de Nicolás Ferreyra del plantel profesional. La determinación la tomó el entrenador Alejandro Orfila y contó con el aval inmediato de la Comisión Directiva, dejando al defensor cordobés en la antesala de la rescisión contractual.
El quiebre no responde a una cuestión de rendimiento puntual en el campo, sino a la exposición de las internas. Portador de la cinta de capitán, Ferreyra cuestionó públicamente la falta de experiencia y las decisiones en el armado táctico que encabeza Orfila. La respuesta del cuerpo técnico fue tajante: cortar de raíz la voz disidente para sostener la autoridad del ciclo, una postura que la dirigencia respaldó sin titubeos a través de sus canales institucionales.
Lejos de disipar dudas, la salida de Ferreyra expone las grietas estructurales del club. Cuando los líderes del vestuario manifiestan desacuerdos de forma pública, el problema de fondo suele exceder al futbolista marginado. En Ciudadela optaron por la vía disciplinaria más rápida: separar a una de las piezas centrales de la zaga y negociar su desvinculación definitiva.
Ahora, la presión recae exclusivamente sobre Orfila. Con el capitán afuera y una masa societaria impaciente ante la falta de resultados, el margen de maniobra se redujo a cero. Si el equipo no reacciona de inmediato en la tabla, el costo político de esta decisión lo pagará el propio cuerpo técnico.


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