Cultura Por: Redacción24 de junio de 2026

MACHETAZO: cuando el horror aprende a caminar entre cañaverales

Hay monstruos que nacen en castillos abandonados. Otros emergen de laboratorios secretos. Algunos regresan desde cementerios cubiertos por la niebla. El monstruo de MACHETAZO: una historia de azúcar y sangre, el séptimo libro del escritor y poeta Marx Bauzá, nace en un cañaveral.

Publicado por la editorial salteña Cantus Corvi, este cuento largo de cuarenta y cinco páginas propone una experiencia literaria donde el horror, la memoria histórica, la religiosidad popular y la violencia social se funden en una única narración. El resultado es una obra que hunde sus raíces en el Norte argentino para construir una mitología propia, capaz de dialogar con el gótico, el slasher, el gore y el splatterpunk sin perder jamás su identidad.

La historia transcurre en el universo simbólico de los ingenios azucareros, un territorio donde las leyendas conviven con los recuerdos de la explotación laboral, donde el monte conserva secretos antiguos y donde las heridas de la historia todavía permanecen abiertas.

Allí aparece una figura improbable. No es un aristócrata. No es un detective. No es un asesino serial. Es un zafrero. Un trabajador común, ubicado en uno de los escalones más humildes de la estructura social vinculada a la industria azucarera: un simple secretario de actas sindical. Un hombre cuya vida transcurre entre la caña, el sacrificio cotidiano y una profunda devoción a la Virgen del Valle.

Pero los héroes populares rara vez anuncian su llegada. Y la literatura fantástica sabe reconocer aquello que la historia suele pasar por alto. A medida que avanza el relato, ese trabajador anónimo comienza a transformarse en algo diferente. La intervención de los arcángeles Gabriel y Miguel introduce una dimensión sobrenatural que altera para siempre el destino del personaje. Lo que parecía una vida destinada al anonimato se convierte en una misión imposible: enfrentar a las fuerzas que durante generaciones sometieron a los sectores más vulnerables de la sociedad tucumana.

En otras palabras, MACHETAZO narra el nacimiento de un superhéroe. Pero no de cualquier superhéroe. No surge de experimentos científicos. No llega desde otro planeta. No posee tecnología futurista.

Su poder nace de la fe, de la memoria, del sufrimiento colectivo y de una convicción profundamente humana: la necesidad de reparar una injusticia.

Por eso el machete ocupa un lugar central dentro de la historia. El machete del zafrero no nació para matar. Nació para trabajar. Para abrir caminos entre la caña. Para sostener familias. Para arrancar el sustento cotidiano de una tierra difícil.

Cuando la ficción lo convierte en instrumento de horror y justicia, el objeto adquiere una fuerza simbólica extraordinaria. Cada golpe remite a una historia de explotación. Cada herida recuerda una deuda social. Cada estallido de violencia obliga al lector a preguntarse qué procesos históricos fueron necesarios para transformar una herramienta de trabajo en el emblema de una venganza sobrenatural.

Sin embargo, reducir MACHETAZO a una alegoría política sería un error. El libro también es una celebración del terror como experiencia estética. Hay sangre, persecuciones, cuerpos mutilados. Hay escenas de una brutalidad deliberada.

Bauzá no esconde la influencia del cine de culto ni de corrientes literarias como el gore y el splatterpunk. Por el contrario, las incorpora con entusiasmo para construir imágenes de gran intensidad visual. El lector escucha el golpe seco del acero, percibe el olor metálico de la sangre y siente la tensión física de cada enfrentamiento.

Pero la violencia nunca aparece vacía.
La sangre tiene memoria. La carne también narra. Debajo de cada escena extrema existe una reflexión sobre el poder, la desigualdad y las consecuencias de la opresión.

En ese sentido, MACHETAZO forma parte de una búsqueda más amplia que a lo largo de este año comenzó a consolidarse bajo el nombre de Movimiento Gótico Norteño. Impulsado originalmente por Eduardo Medina, José Chávez, Ramón Mili Ramos y Mauro Martina, el movimiento reúne a escritores que encuentran en el Norte argentino un territorio fértil para la imaginación fantástica. A esa construcción colectiva se incorporaron posteriormente autores como Alejandra Burzac Sáenz, Clara Pérez Abella, María Herrera, Mónica Ovejero, Gustavo Díaz Arias y el propio Marx Bauzá, entre otros.

Más que una escuela literaria, el Gótico Norteño representa una sensibilidad compartida. Una forma de comprender que los grandes temas del horror universal también pueden expresarse desde los ingenios, los cerros, los pueblos, las devociones populares y las memorias sociales del Norte argentino.

Cantus Corvi se convirtió en uno de los espacios fundamentales para el desarrollo de esa propuesta. Su catálogo reúne voces diversas que comparten la voluntad de construir una literatura arraigada en el territorio sin renunciar a la ambición estética ni al diálogo con las tradiciones internacionales del género.

Dentro de ese panorama, MACHETAZO ocupa un lugar singular. Porque no se limita a trasladar monstruos extranjeros a escenarios locales. Hace algo mucho más difícil. Crea sus propios monstruos. Y también sus propios héroes.

El resultado es una obra donde la tradición oral convive con el horror contemporáneo, donde la religiosidad popular se cruza con la violencia gráfica y donde la memoria histórica adquiere la forma de una leyenda oscura.

Un cuento donde el lector encontrará sangre, acero, milagros, mutilaciones, ángeles, justicia, monstruos y fantasmas.

Pero sobre todo encontrará una pregunta.
¿Qué ocurre cuando aquellos que fueron condenados al silencio durante generaciones finalmente encuentran una voz?

En MACHETAZO, la respuesta llega desde el monte. Y llega empuñando un machete. Porque toda comunidad tiene sus propios fantasmas. Y algunas también tienen sus vengadores.

MACHETAZO no le pide perdón a la sangre.
La convierte en lenguaje.

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