Un ejercicio de metaficción atrapado en la frialdad intelectual
Hay una diferencia entre nutrirse de la autorreferencia para construir una reflexión estética sobre el sentido de una vida dedicada a la creación artística, y autofagocitarse. Amarga navidad (2026) del cineasta manchego está más cerca de la autofagia que del uso certero de la autorreferencialidad practicado en la excelente y conmovedora Dolor y gloria (2019). Esta vez se trata de un ejercicio de metaficción que a pesar de sus chispazos de emoción y humorismo resulta demasiado cerebral.
Un célebre realizador cinematográfico, en el otoño de su carrera, lidia con la escritura de un guion donde incorpora personajes y situaciones que se inspiran en su entorno de vínculos personales, lo cual provoca fricciones y choques con esa realidad. La trama se estructura sobre dos líneas narrativas alternantes: la del relato contenido en el guion mientras se escribe y la del mundo real del realizador, plano en el cual se sitúan las alusiones al universo creativo y vital del director de Volver (2006).
Hay ingredientes que remiten a la marca “Almodóvar” –tensión y comicidad (homo)erótica, desparpajo melodramático, artificiosidad- pero entre canciones de Chavela Vargas y apariciones de figuras emblemáticas como Rosi de Palma, el ir y venir de un mundo narrativo al otro cae en un amesetamiento atiborrado de giros que desemboca en un desenlace anticlímax.
Tampoco contribuye una composición actoral no del todo convincente por parte de un Leonardo Sbaraglia a cargo del protagónico central -en contraste con la solvencia demostrada en su papel de reparto en Dolor y gloria- mientras que junto a él lucen deslumbrantes Bárbara Lennie y Aitana Sánchez-Guijón.
Un film paradójico que es muy almodovariano, por sus mecanismos estilísticos, y a la vez poco almodovariano, debido a cierta frialdad intelectual destilada por las operaciones metadiscursivas, además de la reincidencia en ademanes autorreferenciales que se han vuelto algo mecánicos.